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E.C., de 56 años, repasa sus opciones de trabajo mientras calcula cuánto dinero puede ganar para pagar la renta del mes del cuarto donde vive en Nueva York. En los últimos dos años ha limpiado casas y oficinas y ha cocinado en restaurantes. Pero el empleo que realmente busca, cuidar a adultos mayores a domicilio, sigue fuera de su alcance.

E.C., quien pidió ocultar su identidad por temor a ser detenida por agentes de inmigración, llegó a la ciudad en enero de 2024 junto a su hija, E.M., de 37 años, y a sus cinco nietos para solicitar asilo. Ella y su familia son parte de los 8.72 millones de personas que cruzaron la frontera sur entre el 2021 y el 2024, según la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos

Las mujeres dejaron su país de origen, en Latinoamérica, tras recibir amenazas vinculadas a una banda criminal.

“Tomamos la decisión por los niños. No era una opción quedarse”, explica E.M, quien también pidió ocultar su identidad por la misma razón.

E.C. debe esperar dos meses para que le llegue el permiso de trabajo que tramitó después de solicitar asilo. Su caso de asilo fue ingresado en noviembre de 2024. Mientras ese proceso avanza, ella depende de trabajos temporales e informales para sostenerse.

El sector de cuidados depende en gran medida de la fuerza laboral de inmigrantes: más del 50% de quienes trabajan en cuidado infantil y en el hogar en Nueva York y Nueva Jersey son inmigrantes, según el Centro Nacional de Derecho de la Mujer. 

Aun así, sin autorización para trabajar y con barreras de entrada al sistema formal, muchas solicitantes de asilo quedan al margen de estos empleos, a pesar de que hay necesidad de mano de obra. 

Permisos de trabajo y costos retrasan acceso al cuidado

Datos del gobierno federal citados por Noticias NBC revelaron que la mayor cantidad de empleos creados en enero de 2026 provino del cuidado de personas mayores. Sin embargo, para mujeres migrantes como E.C. ingresar a ese sector implica superar varios requisitos, como contar con un permiso de trabajo vigente, pagar un curso de certificación obligatorio y tener disponibilidad de tiempo para completarlo. Cada uno depende del otro.

“Como soy auxiliar de enfermería, quiero hacer el curso de home attendant para cuidar a ancianitos”, dice. “Pero para eso necesito tiempo”.

A mediados de 2025, E.C. intentó hacer el curso para certificarse como cuidadora a domicilio pero la organización a la que ya había pagado 75 dólares rechazó su aplicación por falta de permiso de trabajo.

E.C. explica que en ese momento no podía acceder al permiso de trabajo porque un juez de inmigración paralizó su caso porque acudió a su última audiencia sin abogado.

Meses después, en octubre de 2025, E.C. vio que su castigo fue levantado, por lo que volvió a pedir el permiso de trabajo con asesoría legal de un abogado de una organización.

E.C. asegura que, después de que obtenga su permiso de trabajo, es muy probable que tenga que juntar dinero otra vez para pagar el curso obligatorio de certificación, una inversión que le cuesta asumir por la falta de ingresos estables.

E.C. además tiene que cubrir los gastos que le impone el sistema migratorio. En septiembre próximo,  tiene que asistir a su audiencia en una corte de inmigración de la ciudad de Nueva York. Esta vez sí debe ir acompañada de un abogado que represente su caso de asilo. Ella teme que conseguir uno le pueda costar mucho dinero.

“Siempre piden que lleves abogado, pero uno no tiene de dónde [pagar sus servicios], dice.

Se estima que barreras como estas podrían reducir la fuerza laboral inmigrante en unas 400.000 personas al año.

Poca estabilidad financiera

En el hogar de E.C., el ingreso más estable proviene de su hija, E.M., quien trabaja limpiando habitaciones en una cadena de hoteles en Manhattan para mantener a sus hijos, de entre 5 a 18 años. A diferencia de su madre, ella accedió a su permiso de trabajo poco tiempo después de migrar a la ciudad. Aún así, encontrar un trabajo fue difícil: pasó casi un año aplicando, pero no la llamaban.

La relativa estabilidad económica, sin embargo, no elimina la incertidumbre que enfrenta E.C., cuyos ingresos dependen de trabajos esporádicos a los que accede gracias a unas amigas que conoció en su iglesia.

Su experiencia ilustra cómo, incluso cuando existe disposición y experiencia en el cuidado, el acceso a empleos formales en ese sector puede quedar fuera de alcance.

Mientras el país enfrenta una creciente necesidad de trabajadoras en el sector de cuidados, muchas mujeres que migraron en los últimos años, que podrían cubrir esa demanda, quedan fuera o en espera debido a barreras administrativas y costos de entrada.

Para E.C., el objetivo sigue siendo claro. “Uno tiene que seguir”, dice.

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