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Cuando iniciamos nuestra conversación, a Maria de inmediato se le quebró la voz. Lo que había sido un sueño que alimentó por décadas se desmoronó en cuanto tocó suelo mexicano.

A los 68 años, María regresó a su país esperando reencontrarse con su familia y vivir una jubilación tranquila. En cambio, terminó tratando de recuperar los ahorros de toda una vida, durmiendo en un cuarto improvisado, enfrentando conflictos familiares, depresión y una profunda sensación de desarraigo. 

Durante 30 años, María construyó una vida en Los Ángeles. Migró desde México cuando apenas tenía lo indispensable para sobrevivir. Vivía con su madre y su hijo en una pequeña casa de cartón levantada sobre un terreno humilde. La pobreza y la desesperación la empujaron a cruzar la frontera buscando oportunidades.

“Yo me fui buscando una vida mejor para mi mamá y para mi hijo”, recuerda.

Los primeros años en Estados Unidos cuenta que trabajó en fábricas, tiendas y finalmente en limpieza y cuidado de personas mayores. En la mayoria de sus empleos enfrentó discriminación, explotación laboral y robo de salario. 

Sin embargo, todo cambió cuando conoció La Coalición por los Derechos Humanos de los Inmigrantes, CHIRLA, una organización de defensa de migrantes en California en la que encontró una familia y un propósito.

“Ahí aprendí que, con o sin papeles, tenemos derechos. Me enseñaron a defenderme y a ayudar a otros”.

Con el tiempo logró estabilizarse. Formó una pequeña empresa de limpieza de casas donde empleaba a otras trabajadoras del hogar. También participó activamente en organizaciones comunitarias y en espacios de liderazgo migrante.

Una decisión impulsada por el miedo y la nostalgia

María asegura que su decisión de regresar a México no estuvo motivada por el actual clima político en Estados Unidos ni por la creciente hostilidad del gobierno hacia las personas inmigrantes, situación que ha motivado a muchas trabajadoras del hogar a retornar.

En el caso de Maria, dice que gracias a las herramientas y conocimientos que adquirió durante décadas junto a CHIRLA, aprendió a vivir sin miedo y con la convicción de que, aun sin estatus migratorio regular, seguía teniendo derechos.

Según cuenta, lo que realmente impulsó su regreso fue el deterioro en la salud de su única hermana, quien permanecía en México. María temía perderla sin poder volver a verla, como ocurrió con su madre, que murió en 2015 mientras ella seguía imposibilitada de regresar a su país natal.

“Entré en pánico. Yo dije no quiero que se me muera y no volver a verla, yo quiero abrazarla”.

Antes de viajar, acudió a su banco en Los Ángeles para cerrar sus cuentas y transferir todos sus ahorros a México. Según relata, preguntó varias veces si habría algún problema por la cantidad de dinero o por el movimiento internacional y los empleados del banco le aseguraron que no existía ningún inconveniente. 

Una nueva vida en el limbo financiero

Con esa tranquilidad abordó su vuelo y llegó a México convencida de que pronto tendría acceso a los recursos que había reunido durante décadas de trabajo. Sin embargo, al día siguiente recibió una notificación informándole que la transferencia había sido cancelada y que su cuenta había sido bloqueada. 

Ese fue el inicio de un limbo financiero que duró cinco meses. “No tenía ni para comer, ni para pasar aquí, ni para arreglar mis documentos aquí”, le dijo a La Alianza.

María asegura que cada vez le daban una explicación distinta y finalmente le dijeron que, para recuperar el dinero, debía presentarse físicamente en Estados Unidos, algo imposible para ella debido a su situación migratoria. 

Mientras tanto quedó completamente desprotegida económicamente, sin acceso a sus ahorros, sin ingresos y dependiendo de amistades que le prestaron dinero para comer y sobrevivir. 

Finalmente, gracias a la intervención de una periodista con quien la pusieron en contacto, logró recuperar parte de los fondos mediante un cheque, aunque incluso entonces enfrentó dificultades porque los bancos en México se negaron a cambiarlo o depositarlo.

La única solución que encontró fue enviar el cheque de regreso a Estados Unidos con una conocida y que su amistades se lo cambiaran y le enviaran el dinero.

La experiencia la dejó profundamente afectada emocionalmente y reforzó su sensación de haber quedado atrapada entre dos países, sin estabilidad en ninguno de los dos.

La experiencia de Maria evidencia varios de los problemas que enfrentan muchos migrantes retornados: la falta de preparación financiera y legal para regresar y la vulnerabilidad frente a sistemas bancarios y burocráticos.

Conflictos, rechazo y aislamiento

Pero la situación económica no ha sido el único obstáculo. Durante los 30 años que vivió en Estados Unidos, María asegura que envió dinero constantemente para sostener a su familia y construir la casa en la que vivió su mamá y donde actualmente vive su hermana. 

Según cuenta, gran parte de los recursos que ganó trabajando en fábricas, limpieza y otros empleos en Los Ángeles fueron destinados a mejorar la vivienda familiar, pagar gastos y asegurar que su madre y su hijo tuvieran estabilidad. María siempre creyó que la propiedad pertenecía moralmente a ambas hermanas y afirma que existía el entendimiento de que, tras la muerte de su madre, la casa quedaría dividida entre las dos.

Sin embargo, al regresar sospecha que las escrituras de esa casa están únicamente a nombre de su hermana, lo que ha causado que la relación entre ambas se haya deteriorado rápidamente. 

María relata que su hermana empezó a decirle a familiares y vecinos que ella nunca había ayudado económicamente, que nunca enviaba dinero desde Estados Unidos y que ahora había vuelto únicamente para reclamar una propiedad que no le correspondía. 

Esa narrativa le resultó especialmente devastadora porque siente que dedicó gran parte de su vida y de su trabajo a sostener precisamente ese hogar.

Actualmente, María describe un ambiente de hostilidad constante dentro de la casa. “Me cierran las puertas con llave… Me dicen que soy una mantenida… No puedo ni lavar un plato”.

Dice que incluso le reclaman por usar agua o electricidad, pese a que ella ha ofrecido contribuir económicamente a los gastos. 

Hoy María vive en un pequeño cuarto improvisado en la azotea de esa casa, sin privacidad ni condiciones básicas y sintiéndose emocionalmente rechazada dentro de un lugar que siempre consideró suyo.

La situación también ha impactado profundamente la relación con su hijo, quien creció junto a la familia de su hermana mientras María trabajaba en Estados Unidos. 

Ella siente que durante años le construyeron una imagen negativa frente a él, haciéndole creer que su madre los abandonó o que nunca estuvo pendiente de la familia, a pesar de los envíos constantes de dinero y el contacto constante. 

Para María, el conflicto por la propiedad terminó simbolizando algo mucho más profundo, la sensación de haber sacrificado toda su vida por una familia con la que ahora ya no se siente reconocida ni acogida.

Yo me vine pensando que me iba a retirar, que iba a vivir con mi familia, que iba a vivir en mi casa, en mi país, que aquí iba a poner un negocio, pero todo me salió mal”.

Las lecciones de un retorno apresurado

María reconoce que atraviesa una fuerte crisis emocional. Habla abiertamente de ansiedad, ataques de pánico y depresión. 

Su principal consejo para quienes consideran regresar es que “No se vengan sin un plan. Prepárense. Tengan dinero seguro, documentos, apoyo. Porque uno cree que vuelve a casa… y a veces ya no existe ese hogar.”

Sin embargo esta experiencia también le ha servido para aplicar lo que aprendió por décadas en Estados Unidos y  ayudar a otras personas migrantes para que no repitan sus errores. 

Su llamado es a planificar, buscar apoyo emocional y respaldo legal pero sobre todo a tener una comprensión realista de que el tiempo transforma tanto a las personas como a las familias y los lugares.

La historia de María refleja el costo humano y emocional de la migración y desmonta la idea romántica de que “volver a casa” siempre significa encontrar estabilidad, pertenencia o paz. Para muchos, la migración no termina cuando alguien cruza la frontera de regreso. El retorno también puede ser otra forma de exilio.

Qué considerar si es un inmigrante que piensa abandonar permanentemente los Estados Unidos

Regresar sin planificación puede generar problemas financieros, legales y familiares difíciles de enfrentar. Antes de tomar la decisión de auto deportarse o salir permanentemente de Estados Unidos, los inmigrantes deben considerar varios factores clave:

  1. Consultar con un abogado para entender posibles consecuencias migratorias futuras.
  2. Organizar y proteger documentos importantes, asegurar el acceso a sus ahorros y bienes. 
  3. Prepararse emocionalmente para el impacto del desarraigo y la reintegración en su país de origen. 
Autoría

Liliana Bernal es Reportera y Creadora de Contenido para La Alianza. Tiene más de 20 años de experiencia en periodismo y ha trabajado para medios audiovisuales de América Latina y los Estados Unidos, incluidos Univision, The Brooklyn Eagle y RCN TV. Liliana es becaria del Carter Center, donde realizó un documental sobre la salud mental en niños y adolescentes en Colombia. Su trabajo se centra principalmente en temas de justicia social, mujeres, inmigración y medio ambiente. Ha ganado varios premios por su trabajo, incluido un Emmy y el premio de periodismo Rey de España.

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